clavelito by Jorge de Cascante

gracias Jorge por este texto precioso

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Siendo niño sentía dentro de mí una maldad que ya no siento. En el colegio me pegaba con otros niños, lanzaba muñecos de plástico duro contra sus cabezas, villanos de He-Man, G.I. Joes, en el patio se libraban guerras con piedras afiladas. Una vez un chico mayor me dio un empujón en el patio y subí a clase, volví a bajar y le clavé un compás en el hombro. Cruzaba el pasillo de mi casa y tenía ganas de quemar cosas, folios Galgo, periódicos, lo que fuera, robaba un mechero a mi madre y quemaba unas bolas de papel higiénico en el lavabo, miraba cómo ardían y pensaba “si esto no es bonito, no sé qué es bonito”. Mi abuela ponía límites a mi maldad, sabía llevarme por el buen camino porque comprendía ese impulso que los dos llevábamos dentro. ¿Has visto un dibujo de un cerebro con Alzheimer? Parece una palmerita de chocolate mordisqueada por diez mapaches.

Una noche, cuando tenía cuatro años, fui al cuarto de mi abuela a ver una película de dibujos animados que se llamaba “Fievel y el Nuevo Mundo”, trataba de un ratón ruso que se mudaba a vivir a Estados Unidos y por el camino le pasaba de todo. Mi abuela se durmió a los veinte minutos de empezar la peli. Dos horas más tarde, recién terminada la de Fievel, empezó la segunda película de la sesión continua: “Poltergeist”. Nunca antes había pasado tanto miedo, no entendía nada, solo me quedaba claro que la tele podía tragarse humanos pequeños como yo. Sufrí por encima de todo con la escena en el baño, cuando al hombre se le empieza a abrir la cara y se rasca en la herida y se le va abriendo toda la piel, cae su carne al lavabo a cachos y enseña el esqueleto, recuerdo sus ojos vivos en esa calavera llena de sangre y sigo siendo ese niño arropado frente al horror. A mitad de la historia mi abuela despertó, se dio cuenta de lo que pasaba —mi cara pálida, el tembleque, mirada de pánico—, apagó la tele, se encendió un Winston, sonrió y me dijo “no se lo vamos a contar a nadie, queda entre tú y yo”. Y no se lo he contado a nadie hasta hoy. Al principio del Alzheimer el paciente sufre pérdidas de memoria a corto plazo, desorientación y una reducción progresiva del vocabulario.

En otra ocasión iba yo por la calle montando en mi bici con ruedines paseando junto a mi abuela y ella se despistó hablando con una vecina en el portal de nuestra casa. Aproveché la oportunidad y me puse a pedalear como un descosido, huyendo de ella y del mundo entero. Mi abuela se dio cuenta a los diez segundos y arrancó a perseguirme. Pasé por delante de una gitana que vendía flores y la gitana me gritó “¡Clavelito! ¡Ven acá, clavelito!” Pensé que era una bruja, menudo miedo me dio. Mi abuela gritaba mi nombre a mis espaldas. Tras veinte segundos de frenesí me detuve frente a la armería que había a la vuelta de la esquina y contemplé las ballestas, los cuchillos y las pistolas automáticas hasta que mi abuela me derribó con un placaje y, estando los dos en el suelo, se rió y dijo “Pa clavelito el mío…”

Al final del Alzheimer el paciente requiere de atención permanente, olvida su nombre y deja de sonreír. Los músculos de la cara que trabajan para dar forma a la sonrisa ya no responden. No se lo vamos a contar a nadie, queda entre tú y yo. El paciente deja de sonreír cuando apenas le quedan unos meses de vida. La sonrisa es lo último que se pierde.

 

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Words by brilliant Jorge de Cascante 

Jorge chose this picture by Rafael Sanz Lobato because this girl always reminds him of his abuela

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