una tostada en la oscuridad by jorge de cascante, madrid

el madrid de Jorge de Cascante, otra tostada para disfrutar.

Madrid

La gente dice que el agua de Madrid está muy buena, pero a mí a veces no me gusta.

Mis primeros 20 años los pasé viviendo en la plaza de Cristo Rey, al lado de Moncloa. Fui siempre a colegios alemanes, me echaron de un par porque no me portaba bien. Cuando iba al cole de pequeño, en la ruta por la Carretera de La Coruña veía los sitios a los dos lados de la carretera, la discoteca “Oh! Madrid”, el restorán “La Chuleta y el Churrasco”, la residencia para mayores “Los Pinos”, o el “Flowers Park” (famoso prostíbulo, aunque yo pensaba que era una mansión con piscina), y quería ser mayor para poder visitarlos: pobre imbécil. A la vuelta del colegio lo primero que veía al entrar en la ciudad era el Ministerio del Aire, que es El Escorial pero proyectado por Albert Speer, el Madrid más nazi me daba la bienvenida.

La infancia la pasé entre mi casa y el parque de Santander, mi casa y el parque, mi casa y el parque, rebotando. En la puerta del parque se formaba a veces un corrillo porque Juan Tamariz hacía trucos de magia en la calle, me daba muchísimo miedo Juan Tamariz, me recordaba a Gargamel, el enemigo de los pitufos, supongo que yo era un pitufo y lo sigo siendo. Sólo quería leer cuentos y estar solo. A los cinco años me pusieron tele y vídeo en el cuarto porque no sabían qué hacer conmigo.

También iba mucho al Parque del Oeste a jugar al fútbol con otros niños, mi jugador preferido era Manolo, el del Atleti. Desde el parque se veía el Puente de los Franceses, que estaba rodeado de rumanos gitanos que vivían ahí, en casas de cartón, cañas y barro, debajo de las vías del Cercanías. Ahora todo este tramo se ha convertido en Madrid Río, que —según me dicen porque yo no he ido— es como una extensión del Chiquipark.

En Madrid casi nadie es de Madrid. La ciudad entera es gente de provincias desayunando en bares. Gente comiendo, haciendo ruiditos con la boca. Los cuatro pilares de Madrid son los azucarillos, los churros, las porras y la melancolía. He comido mucho de los cuatro. Aquí me han atracado siete veces, seis de ellas enfrente del colegio y la otra a las puertas del Vicente Calderón, justo después de cortar con una novia antes de un Atlético de Madrid-Betis (2-3 para el Betis). En palabras de Gloria Lasso: “vas a ver lo que es canela fina / y armar la tremolina / cuando llegues a Madrid”.

A diferencia de otros puntos de la geografía española repletos de gente orgullosa de sus tradiciones, de las fiestas de su pueblo y, en general, de Los Suyos, Madrid no te ofrece la oportunidad de hacer el ridículo a esos niveles: todo lo bueno te lo quitan. Es imposible sentir orgullo de este sitio. El caso más cercano es el de la cafetería Kontiki, de la plaza de San Juan de la Cruz, que hasta hace nada tenía un luminoso muy bonito y unos suelos ajedrezados preciosos, pero que lo tiraron todo para conectar con una juventud espectral que sólo existe en la mente de sus nuevos dueños.

Todas las calles están llenas de cosas preciosas y aterradoras a la vez, como las tiendas de disfraces, el VIPS, El Retiro con sus puestos de barquillos y sus recorridos de cruising, o la zona de Colón con la bandera megatocha de España. Madrid cuando más me gusta es en verano, que se vacía de gente y es como si fuera tuya.

Los botellones de mi zona eran en el parque Almansa, por Metropolitano. Estaba lleno de universitarios de primer año que habían llegado a Madrid con un hatillo lleno de sueños. De aquellos botellones guardo un recuerdo especial: amanecer un sábado en la Dehesa de la Villa sin saber cómo había llegado allí, apoyado en el tronco de un árbol viendo el sol salir nada más abrir los ojos mientras en la otra punta del parque un vagabundo con mitones azules en las manos (recuerdo hasta el último detalle) me mandaba besos con la mirada fijada en mi cara. Madrid, desde luego, me ha dado mucho más de lo que yo le he dado a ella.

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Jorge de Cascante is best at introducing himself but let us tell you that he is a writer we love, he also edited all the work of Gloria Fuertes, our favourite Madrid author whose poems and good ways shaped and inspired a whole generation.
Jorge´s writing reminds me of my favourite lemon ice cream and of my grand mother´s butter sandwiches for merienda and bike races with my friends and blood and dust in my knees and “chuches” from the corner kiosk after school once a week cause my grandad came to pick me up.
Jorge shares his childhood memories with us “desde Aqui Y Ahora” monthly.
Gracias siempre Jorge.